lunes, 9 de abril de 2012

LOS AYACOS SANTANDERENOS


Un espeso campo da origen a uno de los tesoros que nos dejaron nuestros antepasados y del cual aún podemos disfrutar… el maíz. De este cereal se valen diariamente muchas familias colombianas para la elaboración de distintas comidas; dentro de ella se encuentra el ayaco, como una de las comidas típicas de algunas regiones del país, en las que se encuentra Santander.

En la ciudad de Bucaramanga, en uno de los barrios populares, vive una mujer de 42 años de edad, que ha dedicado parte de su vida a la elaboración de esta comida típica; es gracias a ella que pude escribir esta crónica, a través del seguimiento que puede hacerle.

Todo inicia a las 5:00 de la mañana cuando doña Mirian sale con su canasto, color amarillo con  franjas rojas que alguna vez fue de su madre, y se dirige hacia la plaza de mercado central; una vez allí, y con algo de prisa, llega a uno de los locales del primer piso, en donde se dispone a comprar la base principal para la elaboración de los ayacos. Doña Amanda se encuentra sentada en un banco de madera con un tazón en medio de sus piernas, desprendiendo los granos de maíz que pasarán luego por la máquina de moler, que los convertirá en una masa de color amarillo. Esta vendedora de maíz asegura que lleva más de veinte años dedicada a la venta de este cereal. Una vez allí, doña Mirian dobla sus rodillas para escoger las hojas de la mazorca que servirán de envoltura para sus ayacos. Luego sube al tercer piso para comprar el pollo; ella no frecuenta siempre el mismo local, dice que va donde esté más barato y fresco. La plaza de mercado la conoce como si fuera su casa. Ya no recuerda cuantas veces ha visitado los más de diez locales, en donde además de comprar todo aquello que necesita, mantiene charlas amenas con los vendedores; de esta forma va terminando su paseo por este lugar donde priman la variedad de olores.

A fuera, un taxista alto, de piel morena y bigote, está de pie recostado a una de las puertas de su taxi, con una toalla un poco desteñida sobre sus hombros esperando a doña Mirian para llevarla hasta su casa. A las 8:17 de la mañana llega “el tiempo si se pasa volando”- dice – mirando el reloj café que lleva sobre su mano derecha, y cogiendo con la otra mano el canasto, que esta vez vuelve repleto. Descarga todo el mercado en las baldosas de la cocina y va  a su cuarto a ponerse ropa cómoda, para empezar el proceso de elaboración. Esta experimentada cocinera va sacando una a una las cosas que compró mientras prende la radio y sintoniza la emisora que la acompaña todas las mañanas desde que se levanta, la FM.

Con un delantal de plástico color azul y un gorro de esos que usan los cirujanos, doña Mirian se alista para comenzar la elaboración de esta comida típica. Así pues, va agregando poco a poco cada uno de los elementos que va necesitando y los va mesclando con mucho cuidado, como el científico que prepara su experimento.  Luego, condimenta el pollo; pone a cocinar el arroz, con algo de verdura picada;  lava cuidadosamente las hojas de mazorca y limpia el mesón donde se llevará a cabo la elaboración del producto; pero antes de eso, ella debe llamar a sus clientes para confirmar la cantidad de ayacos que van  a querer cada uno; de esta forma sabe con exactitud cuántos debe hacer.

Una vez con todo listo, dona Mirian y sus manos mágicas comienzan a armar los ayacos. Todo parece muy fácil,  viéndolo desde afuera, pero es la gran experiencia la que le permite hacerlo con tanta precisión y rapidez. Una hoja de mazorca sobre el mesón abre sus puertas, esperando la llegada de sus invitados. La primera en llegar es la mazorca, con su vestido color amarillo acompañada de un galante pernil con un traje de paño; seguidamente,  llega el arroz con un traje blanco y pulcro acompañado de distintas damas que entran agarradas a cada uno de los granos de este elegante cereal. Finamente la hoja cierras las puertas, anunciando que pronto se dará inicio al gran festejo.  Eso es lo que yo voy imaginando, mientras la observo preparar cada uno de los ayacos.

Doña Miriam habla todo el tiempo, parece que necesitara hacerlo para poder cocinar; per no sólo habla, sino también silva algunas canciones, que aún no he logrado entender, a las aves que tiene en el patio trasero de la casa; ella dice que son una gran compañía además de Rufo y Manchas (el perro y el gato) a los que consiente como si fueran sus hijos.  Cuando le dije que quería hacer una crónica sobre cómo se hacían los ayacos me contestó que eso no me iba a quedar bien hecho, que hiciera otra cosa mejor. En el fondo yo sentía que eso era lo que menos le importaba, su gran preocupación estaba fijada en qué tan detallada quedaría mi crónica que no fuera a revelar los pequeños secretos que usa para la preparación de esta comida.

Los ayacos están listos, doña Mirian coge algunas tuzas y hojas de mazorca para ponerlas en e fondo de la olla como una especie de  cama; una ves listo, los pone dentro de ésta, les va vertiendo agua y finalmente los tapa para dejar que se cocinen.

Dos horas más tarde, Paty, como le dicen sus amigos, baja la olla del fogón y la destapa dejando salir ese aroma especial que caracteriza esta comida “quiere uno ya o deja que se enfríe un poco” –me dice – mientras coge la lista de los ayacos que debe repartir; asimismo, alista las bolsas plásticas en las que los empacará para que puedan llegar calientes a sus clientes y listos para comer.

El día va terminando y doña  Mirian se sienta a hacer cuentas, feliz por los resultados obtenidos y con la satisfacción de mantener esa tradición santandereana, agradece aquello que le enseñó un día su madre.
“Mientras yo viva seguiré haciendo mis ayaquitos” – es lo que siempre dice mi mamá. 

martes, 13 de marzo de 2012

UNA MUJER MULTIFUNCIONAL

El día para esta mujer de ojos verdes, piel blanca y cabellos cortos ondeantes, inicia a las 4 am. Es momento de levantarse, mira el reloj y con algunos gestos en la cara pone su primer pie, delicadamente, sobre la baldosa fría; ella camina suavemente y con los ojos entre abiertos logra llegar al baño más cercano de su casa; una vez allí se desviste poco a poco, con esa lentitud que produce la madrugada; así, entra a la ducha, metiendo un pie, luego el otro… las piernas, la cintura, el tórax y finalmente la cabeza; en ese instante, mientras va cayendo cada gota de agua sobre su cuerpo, ella va despertando. Después de la ducha, decide ir al guarda ropa a buscar ese uniforme color azul que le recuerda su compromiso laboral. Una vez lista, corre hacia la cama, lugar donde reposa una bella princesa a quien ama y protege como un caballero a su doncella. En ese momento inicia su labor como madre. Después de levantar con ternura a Sofía o Sofichú, como le dice de cariño, se vale de una y otra forma para lograr alistarla y llevarla al jardín.
Dos horas más tarde, y después de estar sentada en uno de los asientos del metrolinea, Lilian llega a su lugar de trabajo, en donde cumple la función de coordinadora de archivo en el canal regional TRO. Una vez estando en la oficina, ella es la encargada de preparar todo el audio y las imágenes para dar inicio a la primera trasmisión en  vivo del canal. Así pues, y luego de esta preparación, continúa con sus demás deberes, que consiste en archivar cuidadosa y ordenadamente cada casete, Cd, DVD entre otros medios en donde se guarda toda la información de cada uno de los programas que se trasmiten cada día. Así va pasando la mañana del martes. En medio del trabajo, Lilian va conversando con sus demás compañeras y compañeros que de cierto modo hacen más agradable su estadía en el canal.
Son las 11:00  de la mañana y ella decide ir a la cafetería a tomarse un café, junto con algunos de sus compañeros. Un lugar ya conocido y un ambiente mucho más tranquilo, que su oficina, la espera para que tome asiento y sienta uno de los grandes placeres de la vida… comer.  Allí, entabla conversaciones sobre cuestiones de la vida, chismes y algunos aspectos que giran en torno a su labor dentro del canal. El tiempo pasa, y después de haber vuelto nuevamente a su lugar de trabajo, llega el momento de finalizar labores por ese día; pero debe enfrentarse a otra de sus facetas, como mujer multifuncional; es el momento de ser estudiante.
Con afán y un poco de cansancio por sus labores de la mañana, Lilian llega a clase de francés. Se sienta, y con una sonrisa y un bon jours saluda al profesor; así se dispone a atender la cátedra que va de 2 a 4 de la tarde. Seguidamente, y después de la primera clase del día en la universidad, esta joven de 24 años emprende un nuevo camino hacia la segunda y última clase del día; acompañada por algunos de sus compinches de clase y en medio de charlas, risas y tropezones, ella se va adentrando en ese ambiente académico  que tanto le gusta.
Siendo las 6:00 de la tarde, esta súper mujer sale de la universidad y se dirige al lugar en el que se dio inicio a esta historia. Toma nuevamente el metrolínea, y corriendo con suerte logra sentarse; su mirada se fija a través de la ventana abierta; así , ella va divisando cada lugar, que le va enseñando el recorrido del autobús. Tiempo después… llega a su casa, con una gran alegría que hace brillar sus ojos, como estrellas en noches delicadas, corre a saludar a su princesa; sin importarle nada, desliza sus rodillas sobre el suelo para dar ese abrazo que con tanta ansia había deseado durante el día, a la que es la razón de ser una mujer multifuncional a la que con tanto amor llama Sofichú.  

RETRATOS







PAISAJE








sábado, 8 de octubre de 2011

CAMINO A LA U


 Son las 8:30 de la mañana del  22 de septiembre de 2011 y me dispongo a emprender un viaje corto que va de mi casa hasta la universidad. Todo empieza desde el momento en que salgo, generalmente corriendo, porque una vez más el tiempo no me alcanzó, y me dirijo a la casa de Carolina, quien además de ser mi amiga, es la que normalmente me lleva en su moto, una Honda…señoritera, como suelen llamar a ese tipo de motocicletas; después de saludar a todos en la casa, me siento pacientemente a esperar que carolina se termine de acicalar; mientras tanto hablo con Valentina, hermana de carolina, quien siempre está sentada frente al computador escuchando algo de música, entre reggaetón, algo de Silvio Rodríguez y Soda estero.  Mientras sigo esperando, sentado, en un sofá de color verde, bastante cómodo;  Carolina, un poco indecisa con la ropa que va a llevar puesta, se cambia una y otra vez de blusa, de jean o falda; después de unos minutos, y del corto desfile de moda, ella saca la nave, en la que vamos a emprender el viaje. Después de ponerme el casco, un poco grande y similar al los que llevan puestos los astronautas,  me subo como copiloto al asiento trasero, mientras tanto  Carolina enciende y calienta  unos segundos el motor de la moto. Luego de un suave toque de la punta del pie a la palanca de cambios, ella acelera, dando inicio al viaje.
 Entonces empieza el recorrido y también las historias. A medida que vamos avanzando por una pequeña parte de la ciudad, hablamos de lo que nos ha pasado últimamente y de las cosas que hemos hecho, durante la ausencia del uno y del otro; entre historias de sueños, gustos, sexo, trabajos de la u y algunas veces  de salidas o citas, voy observando lo que hay por las calles. Adelante, a los lados y atrás, carros de diferentes modelos, motos, camiones, buses y hasta tracto mulas gigantes, que parecen q nos fueran a comer. Una gran nube de humo negro, con fuerte olor a gasolina quemada, que invade nuestros pulmones es el desayuno de casi todos los días, obsequiados por estos vehículos. 
En las aceras, además de personas de toda clase de edad, sexo y raza, caminando por un lado y por otro, unos  con pasos más lentos y otros con pasos apresurados, como si fueran a reclamar alguna herencia, veo también, distintas viviendas, entre casas y apartamentos, asimismo, almacenes que empiezan a abrir sus puertas al público y habitantes de la calle que se levantan de sus duras camas de cartón, adornadas con algunas hojas de papel periódico, que quizás le han servido de cobija para enfrentar el fuerte frio de la noche. Seguidamente,  van llegando uno tras otro los vendedores ambulantes; y entonces vienen las fuertes mezclas de olores, de los que se alcanzan a percibir: frutas, verduras, pescados, comidas y grasa o manteca quemada, que me producen nauseas, posibles de controlar, aguantando un poco  la respiración.
Continuando con este recorrido, llegamos a la carrera 15 por donde seguimos avanzando, hasta subir por la calle once y llegar a la  carrera 27, en donde observo un panorama de estudiantes caminando en diferentes direcciones, y grupos de amigos o conocidos que van conversando mientras caminan; es a partir de ahí donde comienzo a invadirme por ese ambiente universitario que tanto disfruto.  Finalmente llegamos al parqueadero, en donde Carolina busca un espacio para poder dejar su moto. El viaje ha concluido, justo a las 9: 00 am de la mañana, yo me bajo lentamente de la nave, me quito el casco y me miro en uno de los espejos, de alguna de las motocicletas o carros que se encuentran a los lados, para acicalarme un poco antes de entrar a clase. En la entrada de la universidad me recibe un gran grupo de cerdos  vestidos de negro, con casco, bolillo y escudo que me miran como si fuera el peor terrorista del mundo. Así, entro a la “penitenciaria industrias de Santander” como dicen algunos de mis compañeros, a iniciar mis clases del día.  


JULIO CÉSAR LÓPEZ FIGUEREDO
2080607
TALLER DE DIDÁCTICA DE LA LENGUA MATERNA II.